Calientes y pegajosas eran esas noches en que los ardores nos obligaban a abrir las puertas y ventanas para echarnos en la cama desnudas y sudorosas, sin poder dormir más que ensoñaciones, medio traspuestas en un duerme vela sin descanso.
Era un hombre grande y moreno el tal Rigoberto, peinado a la gomina y bien vestido, con una elegancia poco habitual en el pueblo... Desde ese primer encuentro mi hermana y yo supimos que el punto de partida de esa visita era la conquista del corazón de mi madre para hacerse de las propiedades.
Segunda edición, 2025.
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