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Hay. sin duda alguna, un misterio en esto. Todos los andinistas conocen los innumerables peligros que los acechan en las altas montañas. Se ha perdido ya la cuenta de los famosos andinistas y alpinistas que perdieron sus vida durante la práctica de su deporte preferido. Y, mientras los abismos que abren sus fauces bajo las rocas siguen recibiendo sus víctimas que en su postrer vuelo se precipitan hacia ellos, centenares de metros cuesta abajo; mientras los aludes se lancen desde las alturas no conquistadas aún de las cumbres del Himalaya para aniquilar a los arriesgados expedicionarios dispuestos a descubrir sus misterios; y mientras el viento blanco del Aconcagua sigue petrificando las duras facciones de los audaces intrusos en sus dominios, la pléyade de los cultores de las alturas crece sin cesar. Hay algo de misterio en esto. Algo que se contradice a sí mismo y al sano juicio, algo que una persona de criterio normal no alcanza a comprender. Esta seguramente se preguntará cuál es el fin que persiguen los expedicionarios en esas empresas en que exponen sus vidas, como si tal cosa, pregunta que más de uno me ha formulado a mi.
Será la gloria de llegar a la cumbre de tal o cual cerro? ¿Será el fin científico, que es uno de los propósitos de casi todas las expediciones? ¿Tal vez la búsqueda de minerales u otras riquezas materiales? ¿O es, finalmente, una manera de pasar las vacaciones, como tantas otras?
Tibor Sekeli