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Este es un ibro de microcuentos dividido en Módulos, cada uno de ellos refleja las etapas de la reclusión. Una vez más, la literatura salva, te hace libre, propone otro modo de mirar y de mirarse. Cuánto le debemos a las palabras, sobre todo para trabajar lo micro que se transforma en macromundos al solo leer. Aquí no se juzga, apenas se abrazan en letras las realidades contiguas. Los de afuera lo harán, desde sus sábanas limpias y sus dogmas rígidos escamotearán la ternura que tanta falta hace dentro de las celdas. La autora nos pincela realidades duras con el disfraz de la alegría de las visitas y los niños ausentes o presentes, los pasados que condujeron a esta realidad, los amores truncos.
Estos microcuentos están emparentados con los de otra congénere del siglo que pasó: Maria Carolina Geel. Es de esperar que provoquen lo mismo que esas historias aunadas en un libro: cambios sustantivos para entender y acercarnos a los prójimos-próximos armados palabra a palabra. Sobrecogen la mayoría de estos textos, estremecen la piel de solo pensar que pudimos ser nosotras del otro lado de la reja.
-Pia Barros