“Van a inventar un enfrentamiento, un atentado, lo que sea, pero si vuelves, te matan”, le advirtió a José Carrasco su colega y compañera de militancia, Gladys Díaz. “Tengo que ir. Silvia está con los niños, no la puedo dejar sola”, contestó él. “Voy a buscarlos y
vuelvo. Tranquila, no va a pasar nada”.
No se escondería. No arrancaría. Estaría junto a su familia. Quizás presintió que le quedaba poco tiempo. Es finales de agosto de 1986. El periodista de la revista Análisis y militante del MIR, José Carrasco Tapia, se encuentra temporalmente en Buenos Aires pues ha sido amenazado de muerte.
Pero regresa a Chile. El 7 de septiembre, el FPMR intenta eliminar a Pinochet y falla. El dictador ha sobrevivido y de inmediato se desata una operación de venganza. Poco antes de las 5 de la madrugada del día 8, agentes de la CNI derriban la puerta del departamento en que viven José Carrasco, su pareja e hijos. Carrasco les pide que lo dejen vestirse antes de llevárselo, que no quiere irse descalzo. “Allá donde vas, no necesitas zapatos”, le contestan con macabro sarcasmo. Lo lanzan al interior de un furgón blanco en el que lo llevan hasta los muros exteriores del cementerio Parque del Recuerdo, en Huechuraba. Le disparan 14 balazos. 13 de ellos en la cabeza. Esa madrugada corren la misma suerte Gastón Vidaurrázaga, Abraham Muskatblit y Felipe Rivera. Su hijo Iván confiesa hoy que, “cuando llega septiembre, me invade una sensación que tiene que ver con el trauma, con el temor a sufrir, aunque han pasado muchos años. Soy más viejo que mi padre cuando lo mataron”. Su legado es el de un orientador ético y moral con una confianza profunda en la dignidad del pueblo. José Carrasco Tapia tenía 43 años cuando lo asesinaron.
“Por la alegría he vivido… que jamás la tristeza sea unida a mi nombre”.
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