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Hacia el comienzo de su adolescencia —escribe González al principio del libro—, en 1993, el autor vio en la casa de su abuela los periódicos —El Clarín, Última hora, Revista Vea— en que Luis González figuraba muerto, asesinado. El olor a papel añejo y limpiamuebles de la casa en Estación Central le produjo un extraño vértigo. Quince años después, el autor regresó por el legajo de papel impreso, amarillento y quebradizo. Leyó y reconstruyó el relato de esa muerte para narrar en verso la prosa que el mundo había hecho con su abuelo. Así, quizás, podría transfigurar esas palabras comunes con la horma impensable de aquello que, a menudo, llamamos lo Real”. Transcribo el texto completo porque me parece crucial como entrada a un poemario que es, digámoslo así, una especie de indagación autobiográfica en clave noir: hay un cadáver, un asesino fugitivo, un enigma difícil de resolver, pero también está la memoria, las postales de una época que ahora nos parecen lugares lejanos. Si —siguiendo a Piglia— la literatura se construye a partir de las ruinas de la realidad, acá esa noción de escombro es fundamental y es, acaso, el centro gravitante desde el cual se narra la historia de Luis González y su extraño asesinato.