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Una voz enmascarada se sitúa detrás del poema. Pero su lenguaje es el acto de quitarse la máscara, exhibirse amarrado en el medio del salón esperando que las miradas curtan la densidad del verso. Pareciera entonces que el bufón ha desdibujado la fotografía saltimbanqui y regresado al cuadro de Diego Velásquez. Porque los deformes actores que hacían reír a los gobernantes sólo podían hablar de ellos mismos en clave, es decir, existían en el momento fugaz del espectáculo. En cambio aquí, las parodias no son retórica impostada como en los Sermones de un tal Cristo venido del Elqui, sino que devuelven la mirada, porque el poeta se anuncia mientras transita sin decir nada, antes de decir (37).
Guido Arroyo