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Desde el título, el libro de Víctor indica un sentido: contra el origen obliga a pensar otra búsqueda subyacente en los modos de la escritura que transitan el libro. Elijo otro término, comenzar, pero todo comienzo es un recomienzo, aunque lejos del modo de una restauración, o la simple imitación de la supuesta grandeza del origen. Tal vez se trate de sostener, en un tono menor, que no hay comienzo sin herencia: allí aparece la brecha entre la imagen absorbente del origen, contra una articulación frágil del comienzo, del recomenzar, una y otra vez.
La palabra del ensayo es precisamente aquella. Distanciado de la frialdad de una ciencia que toma a la literatura como su objeto, el ensayo buscaría pensar, precisamente, aquel comienzo contra el origen: su horizonte se define como una suerte de testimonio del acontecimiento de la lectura.
A lo largo de estos ensayos, aparece una y otra vez el dictum de Althusser según el cual, puesto que no hay lecturas inocentes, debemos confesar de que lecturas somos culpables. Allí el ensayo se torna una especie de autobiografía; en el sentido de exponer las lecturas que dan cuenta de un mundo, lecturas que vuelven a aparecer, no como la reescritura de un libro, sino como la instancia de aparición, comunicable, política, de aquellos textos: la conjunción de todos aquellos momentos en que la lectura “me hizo levantar la cabeza”, como en alguna parte escribe Barthes.