La ciencia del silencio, de Nelson Zúñiga

La ciencia del silencio
de Nelson Zúñiga
Gramaje ediciones

La ciencia del silencio es un poemario crítico con la literatura como producto y consumo material, con esa obsesión por apilar letras sin sentido, ese vicio de volcar tinta sobre papel. Las páginas ruedan hasta un abatido encargo: este arte es inútil. Nelson Zúñiga se apropia de una voz de otra época, de la palabra antigua, envuelta de un silencio, no expresado por el vacío, sino, lejos, por la métrica y el eco, entre los corredores del olvido en que se sitúa el poemario. Allí se aferra al soneto, relegado en estos tiempos, para expresar la poética del lenguaje y los misterios del mundo y sus orígenes.

 

palabras alambradas que te nombran

perturban el vacío, qué demencia

qué afán el de borrar la tuya ausencia

juntando breves trozos de tu sombra

palabras alambradas que te nombran (29)

 

Por fortuna del lector, el poeta se queda, a veces, sin tinta, y así el verbo sin carne, por faltarle la sangre. Pero el lector seguirá hundido en esa necesidad por leer y en su obsesión, con simulacros de goce entre los labios. A su vez, el autor seguirá cautivo de palabras, tejiendo «entre una y otra letra los hilos del poema», en ese intento de saber qué busca en la escritura, si es que hay algo que buscar en ella. Y así el editor, sediento de la tinta que falta, en ese ejercicio de encarar la monopolización del neoliberalismo. La ciencia del silencio revela la práctica política de la literatura y su mercado:

 

la maña de la bífida serpiente

te ofrece esta manzana, pecador

el arte y el oficio del lector

será morder la fruta, nuevamente

lector in limite (52)

 

El poemario ofrece una perspectiva de lectura. En un principio, la ya vista, la palabra antigua, esta voz de otra época, ese Génesis. El escritor atrapado en el oficio de escribir «con el hábito vestido del monje escribidor y malherido de tinta y de papel». Luego, la palabra escrita, que no oral, despojada de artificios: la sombra proyectada sobre el papel. «Ahora que la tinta se hizo agua», aparece la palabra, «ahora que la tinta se ha secado», al acecho de engañar con su retórica. Una última es esa intriga de pensar la palabra como fruto prohibido, de mirar la belleza fugaz del mundo, en un intento de enterrar bajo letras una fruta caída, un cuerpo curvado, la serpiente, el pensamiento.

 

deseas esa fruta que enloquece

de aroma tan profundo que te embriaga

sugiero simplemente que lo hagas;

serás igual a Él, desobedece

la fruta por tus labios se desliza

se pierde entre tus finas comisuras

y el diente que se incrusta una fisura

le abre sin piedad sobre esa lisa

Eva (33)

 

La ciencia del silencio nos descubre la tentación al conocimiento: la evolución del pensamiento es el pecado. Un placebo de silencio lleno de posibilidades sonoras. El hablante lírico se olvida de su piel sobre otra piel. La piel de la serpiente, que crece nueva y pedregosa, y lo regresa a la imagen en cada soneto, a la manzana. Son las marcas del cuerpo en otro cuerpo. De la serpiente al Génesis.

 

Marta Villar

Centro Social y Librería Proyección