El viento que arrasa, de Selva Almada Montacerdos, 2017

El viento que arrasa
de Selva Almada
Montacerdos, 2017

Cuestión de fe

Un reverendo evangelista y su hija llegan a un taller mecánico perdido en la nada del interior del país. Ahí habitan un hombre rudo y un muchacho frágil que pronto será tomado como un nuevo Cristo. Mística, gótico sureño y relevancia del paisaje confluyen en una atrapante novela de lenguaje tan preciso como sugestivo.

Una de las influencias más notorias en la narrativa argentina proviene del sur de los Estados Unidos, un sur americano que se fue convirtiendo en un centro de la literatura mundial. William Goyen, Carson McCullers, Eudora Welty, Flannery O’Connor, Cormac McCarthy son sólo algunos de los nombres que ensancharon el territorio literario que fundó Faulkner durante el siglo XX. En sus libros –situados en escenarios abiertos y paradójicamente claustrofóbicos– predominan el fervor religioso, la indiferencia del progreso en zonas rurales, personajes de una moral ambigua, trabajadores sudorosos y diálogos breves y profundos como tajos hechos por una cuchilla cuatrera.

Todas estas características aparecen en El viento que arrasa, la primera novela de la escritora entrerriana Selva Almada. A la vez, se mezclan con una mirada íntima, tierna, local y poética que ofreció a cuentagotas en antologías, lecturas abiertas y libros de relatos, como el poco difundido Niños.

El viento que arrasa empieza cuando se detiene un auto. El reverendo Pearson y su hija Leni deben dilatar su llegada a Chaco por una falla en el vehículo que los traslada. Una camioneta los remolca hasta una estropeada estación de servicio. Allí funciona el taller mecánico del Gringo Brauer y de su ayudante Tapioca, un adolescente que está bajo su tutela desde que su madre se lo confió. Ambos son los encargados de meterle mano al auto para ponerlo nuevamente en la ruta. Sin embargo, durante ese largo día estival no será lo único que hay que arreglar. Almada, como una niña traviesa que quita los tacos que equilibran la mesa, corre los hábitos que sostienen los vínculos frágiles de los personajes. Y, desde las primeras líneas, los presenta inestables, envueltos en deseos individuales y en conflictos mayores que los exceden, como la tensión entre lo público y lo privado. Leni la padece cuando percibe un desfase entre el pastor que acerca “paraísos eternos” a multitudes deseosas de fe y el hombre incapaz de brindarle a su hija un paraíso pequeño, terrenal, simple, como una casa, una madre, un jardín donde jugar con sus amigos.

El viento que arrasa se aleja de la ficción autobiográfica que Almada exploró en la trilogía Una chica de provincia, donde marcó un contrapunto preciso entre la ilusión de eternidad –propia de la infancia y adolescencia, centro de las historias– y la continua presencia de la muerte. De lo que no toma distancia –al contrario, profundiza– es de los ambientes rurales. Almada, como una paisajista, se detiene en detalles mínimos para captar el modo que tienen los personajes de relacionarse con la soledad y el silencio; lo hace con naturalidad, utilizando rasgos propios del lugar –como el temprano bautismo del reverendo en el río– que en la ciudad rápidamente serían tildados como bizarros o grotescos, por falta de adjetivos calificativos o de imaginación crítica.

Otro de los recursos que vuelve a utilizar Almada en su último libro es mezclar a una niña/joven en un universo de hombres. Leni pasa las horas entre chasis de autos vencidos y platos sucios que se autoimpone limpiar por ser “la única mujer de la casa”. Está atrapada: ser mujer, en su imaginario, es reproducir estereotipos femeninos al servicio de los hombres. De todos modos lo percibe. Y busca un cambio en su vida, cansada del rol que ocupa en los viajes y de las actuaciones de su padre. En El viento que arrasa los únicos que pueden salir de sus moldes son los chicos. Las decisiones que tomaron los adultos son chalecos de fuerza, caminos de llegada, sin retorno. En cambio Leni y Tapioca miran la ruta esperando el disparo de largada.

La influencia de los “góticos del sur” en la narrativa de Selva Almada, no asoma en acciones escabrosas o en la aparición de elementos fantásticos, sino que se aprecia en la hondura metafísica de las imágenes, en la verba salmódica del reverendo, en la aflicción y la esperanza, en el terror soterrado, en la creación de ambientes potenciales de erotismo y perversión, que Almada, con inteligencia, hace aparecer sólo por ausencia.

Reseña de Damian Huergo para Página/12